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ARCO. TRIPLE SALTO MORTAL

Helena Basagañas


¿Qué le pedimos a un artista? Que nos sorprenda, decimos, pero ¿con qué clase de impacto?

Entiendo nos referimos a la sorpresa del tipo ver una estrella fugaz, o ese gag que nos hace sonreír, enfadar o desconcertar al instante. Personalmente, eso no me ha interesado nunca en el arte, ni como experiencia ni como línea artística própia, como es evidente para cualquiera que conozca un poco mi trabajo.

Yo no necesito que me sorprendan. Necesito que me alimenten. Disfruto escuchando inteligencias que no pontifiquen y se atrevan a mostrar sus dudas más íntimas.

Me aburren las piezas que gritan “soy transgresor/a” porqué están pensadas hacia quienes se escandalizan por el flequillo de una mujer ( y no me refiero a Santiago Sierra).
Insisto, lo que pido, egoístamente, es que me alimenten con algo sinceramente pequeño y propio. La necesidad de un artista de compartir sus hallazgos más ínfimos y miserables.

Las mutaciones que ha ido sufriendo el arte a lo largo del tiempo, consecuencia de mil factores de distintos ámbitos, provenían, en el ámbito del taller, de una voluntad explícita de no caer o cuestionar el cliché.
Pero en algun punto nos desviamos y en nuestra cabeza lo dejamos en palabras como “nuevo”, “renovarse”, “algo distinto”, como si habláramos de un sistema operativo.

Olvidamos que la auténtica lucha frente a la tela en blanco, cómo expone Gilles Deleuze es que no está en blanco. Que está jodidamente llena de todo lo anterior (el cliché), que el artista debe entrar ahí, perderse en el caos, hundirse y destruir y encontrar y fabricar su propia salida. Que si lo logra, la obra será el rastro de toda esa catástrofe.

Sabemos que a partir de Marcel Duchamp se simplificó ese proceso, saltando directamente a la otra orilla, con la ropa seca y en el mejor de los casos con una enorme maleta llena de documentos, referencias y textos extraordinarios.
Hay razones de peso para ese salto, obras que lo requieren realmente, y que haciéndolo han logrado grandes aportaciones y siguen creando caminos y posibilidades. Pero otras muchas, simplemente saltan satisfechas y ya.

¿Cuánto tiempo más necesitaremos para reconocer que muchos de los saltos que realizamos con orgullo contemporáneo, son de hecho ya un estándard, el cliché a abandonar?

Y por otra parte, no me sorprendería que hoy los artistas estuviéramos más autocensurados que nunca en el sentido de “cómo lo hago para que encaje esto”, “qué jurado hay”, “a quién le puede interesar”, “qué está funcionando” … Algo evidente y comprensible debido a la situación de absoluta precariedad del sector artístico.

Me preocupa hasta qué profundidad ha calado una idea muy concreta de contemporaneidad, mezclada con la obligación de construir una marca reconocible, clasificable y metódicamente archivada en su hueco correspondiente.

Hay a menudo actitudes contradictorias entre nosotros mismos, por ejemplo, y me incluyo, ¿cuánto rigor aplicamos a la hora de valorar el trabajo de los otros artistas?
Seguramente es inevitable, y más si no nos queda otra que ir a Arco en fin de semana:
llegamos a un stand, agobiados de calor y ese ambiente Corte Inglés, charlas entre galeristas de ventas o no ventas, con algún bocadillo a medio terminar encima de la mini mesa, tropezando con una obra que con suerte estará pasablemente colgada e iluminada, y una cartela (en caso de que exista) de diseño deplorable y pegamento preescolar. 5 segundos y ya tenemos juicio:
pse, ?, ! y el habitual ! luego Pse.
3 segundos si el bocadillo nos tentó o tenemos pis,
2 segundos con resaca o aviso de etiqueta en instagram,
1 segundo si saludamos a alguien que no recuerda nuestro nombre.

Salimos de Arco valorando los artistas que hemos visto en Arco.

Sigo aún pensando y mirando a través de cada una de esas capas translucidas: mercado, historia, pensamiento, frivolidad, público, feminismo, especulación, sector, censura… que se superponen en el mundo del arte. O cómo lo llamamos todos, este mundillo.